La música que escucha el pingüino rojo y sus cuates

LA MÚSICA QUE ESCUCHA EL PINGÜINO ROJO

Dedicatoria





Un pingüino rojo está dedicado a mi hermano Javier, porque me regaló mi primer libro y eso no se olvida; para mi mamá Alejandra, que supo desde el principio que tendría que batallar con mi carácter; para mi papá Fabián, al que apenas conocí pero todavía disfruto y quiero; para mamá Kika, que me malcrió (¡y me gustó!); para mi hermano Fabián y mis primos Alejandro, Gabriel y Willy, que nunca me dejaron solo en tantas y tantas travesuras; para mis hermanas Isabel, Berenice, María Elena y Cecy, que me conocen poco pero nos queremos mucho; para Patricia, Aida, Citlali, Alejandra y Gabriel flaco, primos que aceptaron tener un hermano mayor; para mis niñas Olivia, Ireri y Aranza, que aunque no me leen, están orgullosas de mí; para mis sobrinos Rodrigo, Fabiola, Andrea, Alexis, Angie, Andrei (con todo y mamá), Eduardo y Fabrizzio, por el miedo que tenían al "tío de lentes que inyecta y opera"; pero muy especialmente lo dedico a mis pacientitos que, en mi consultorio o en el hospital, me piden que les cuente uno de mis cuentos; y va también para todos aquellos que no se leen (porque ya es mucho rollo), pero saben que aquí están... Bienvenidos, pues y ¡comencemos la aventura! Nota: de última hora, la pequeña Camila Ixchel decidió acompañarnos... Otra nota: ahora se agregó Sofía Valentina y Austin Manuel. ¡Los amamos, campeones!

martes, 13 de diciembre de 2011

El libro de la rana


Una joven rana quería ser escritora, pero no sabía qué escribir. En la charca, todos se mofaban al verla siempre con un lápiz y una hoja en blanco. Mitad en broma, mitad en serio, no faltaba nunca quien se acercara a contarle cosas importantes.
—¡Si yo te contara…! —decía una rana vieja y curtida, cuya virtud principal era, según sus propias palabras, “estar en este sitio mucho antes de que el charco llegara”—. Digamos que soy… un trozo de historia viviente. ¿Quieres escucharla?
—Con mis sueños se podrían escribir cien libros —contaba una rana soporosa y de ojos hinchados, que gastaba su tiempo ronca que ronca—. No por nada, decía un famoso poeta dormilón que la vida es sueño y aquí solo venimos a soñar.
Sin embargo, la joven rana no estaba convencida que escribir la vida de los demás fuera un buen motivo literario. Hizo con la hoja en blanco un barquito y decidió tomarse un tiempo para reflexionar.
En eso estaba cuando la encontré.

Imagen de Enrique Ramírez, tomada de su álbum de FB.

viernes, 25 de noviembre de 2011

José Manuel, por Soy Depropio*


José Manuel abre los ojos y mira la hora en su casio retroiluminado. Las seis de la mañana. Apenas ha dormido, como siempre. Se levanta y va a la cocina a prepararse un café. Se asoma a la ventana y ve el habitual paisaje blanco. Ni una nube, ni una montaña, ni un árbol, ni un objeto: una infinitud blanca. Excepto por uno, dos, tres cuervos negros colgados en esa blancura como unos puntos suspensivos. José Manuel mira a los cuervos y los cuervos miran sus ojos.

Con la taza de café en la mano se sienta delante de una olivetti lettera y escribe un paisaje para ese lienzo blanco. Pinta con palabras un cielo con sol y nubes, unas montañas que perfilan el horizonte, unas casas que hacen vecindad y unos jardines con columpios. Y, como cada mañana, describe un gigantesco árbol negro justo encima de donde estaban los tres cuervos suspensivos, que quedan tapados. Cuando termina, arranca el folio de la máquina y lo tira a la papelera. Luego se acerca a la ventana y les dice a los cuervos ausentes: «Esta noche me joderéis el sueño otra vez, pero hasta entonces tengo al diablo de mi parte».

Epílogo

Es sabido que a los niños del barrio les aterroriza el árbol negro que hay delante de la casa del pediatra, pero también que, después de pasarles consulta, José Manuel les da un caramelo y deja que los más valientes le tiren de la barba.

*El presente texto fue escrito por Soy Depropio, como parte de un trabajo realizado en Cofradía del Cuento Corto, cuyo objetivo era conocer a los integrantes del grupo. Me gustó tanto verme retratado que lo comparto con mis lectores infantiles. Gracias, Soy Depropio.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Bicho

Bicho entró en su nuevo hogar precedido de un olor bastante desagradable. Los meses de andar sin rumbo por calles de la ciudad habían hecho de él un vagabundo en toda la extensión de la palabra.

“¡Un perrito!”, se emocionó Mila al verlo acurrucado junto a la puerta de su casa.

De entre aquel montón de pelos sucios y enredados ―semejante a un trapeador― asomó una miradita tierna y frágil que atajó de inmediato cualquier oposición del padre de Mila.

“Pero el bicho se queda en el patio hasta que el veterinario lo revise y lo deje presentable”.

La palabra “bicho” causó mucha gracia a Mila, que decidió bautizarlo con aquel nombre. Siempre había querido tener un perrito, pero ahora no se le ocurría ningún nombre. Desde que mamá no estaba, Mila tenía menos palabras que antes. Tal vez porque las muñecas y los peluches no participaban de su plática (y si lo hacían era para repetir las que ella decía).

La vida de Mila cambió con la llegada de Bicho: a diario debía sacarlo a pasear, levantar el excremento, darle de comer, bañarlo y desenredarle el pelo… Además de encubrir algunas travesuras (como la costumbre de mordisquear los libros y zapatos de su padre).

“¿Por qué no eres un perro normal?”, le dijo Mila a su mascota un día que se orinó en la sala. “Un perro normal se metería al baño, se sentaría al excusado y… ¡Por Dios! ¡Qué cosas me haces decir, Bicho!”

Bicho solo sonrió; le encantaban las ocurrencias de su pequeña amiga.


Imagen tomada de la red.

martes, 1 de noviembre de 2011

Ofrenda para mis muertos


Mi abuelito me pidió que lo ayudara a poner la ofrenda de muertos. Sacamos las fotos de mamá Kika y papá Gabino, mamá Toña y papá Alejo, papá Fabián, tíos Roberto, José y Gerardo, y sus primos Tony y Gaby. Esparcimos flores de cempasúchil, adornamos con papel picado y encendimos veladoras. Cuando llegó el momento de poner la comida, no me aguanté las ganas de probarla.
—¿Y a mi abuelito Fabián qué le gustaba comer? —le pregunté.
—El mole de conejo y los plátanos.
—¿Los plátanos? —me sorprendí, pues a mí a penas me gustan.
Entonces me contó que un día su papá se fue de peregrino, pero se enfermó en el trayecto y debió quedarse en un pueblo. Sin dinero y hambriento, vio a un señor que traía muchos plátanos. Le pidió que le regalara uno, pero el desconocido siguió de largo.
—Por eso cada dos de noviembre, cuando mi papá nos visita, no le faltan sus plátanos. Así no tiene que andar pidiendo.

Imagen tomada de la red.

domingo, 23 de octubre de 2011

Cuatro poemas de A VECES LA RISA*


Para Ireri Alejandra,
con todo el amor
de un padre insoportable.

1

Espera
esperamos
el tiempo es un insecto
que a tientas anda
nuestro cuerpo

murmullo
que sin voz
escarba
nuestros tantos
corazones

tronco
adonde van
tibios los brazos
si parvadas
de aves dulces
son las ramas

porque eres
de mi carne germinada
el sueño en manantiales
prologado


2 Poema para nacimiento

Creces ―árbol―
hacia dentro de la tierra
eres el abrazo
alrededor de nuestro pecho
que nos brinda aliento
el ancla sostenida
al mar de nuestros sueños
y silencios
en cóleras de tiempo

creces
y te amo más bebé
porque te siento
tras la luz
de piel de madre
y respiro de tu húmeda
silueta
porque eres esa sombra
que no cabe
en otro vientre
cuando dice “sí,
papá, mamá,
soy niña”
con sonora voz
de dos patadas
que cimbra la cáscara
de piel que encierra
el tiempo

3

Cautivo de tu voz
ansío el grito de tus manos
         aves pequeñitas
         que pueblan el paisaje
         de mi vida
y oteo a contraluz
la calca de tus gestos
         mitad de oscuridad
         mitad de risa
y un tibio palpitar de amor
es mi retoño

cautivo de tu voz
         de ti
         de todo
         lo que aún
         no existe
me crecen alas
         como días
y absorto en tu mirada
extraigo de mi prisa
un nuevo encanto
          revuelo de palomas
          tibio y claro

          oración
          y canto
          que nunca
          había
          escuchado

4

A veces
eres tú la risa
en nuestros labios

la risa que zarpa
colorida
en nuestros ojos

que salta
de emoción
dentro del pecho
y funde
nuestros miedos

pero también
la risa en paz
de toda risa

aquella que se
vuelve sombra
o aire

y luego
se remienda
con los sueños


*Dedi: no sé si te lo había comentado pero comencé este libro el 3 de agosto 1991, dos meses y veinte días antes antes de que tú nacieras. Estos cuatro poemas, ya lo sabes, están publicados en mi libro Ángeles de barro (2010). Van pues como un regalo público por tus veinte años. Te quiero mucho, negrita.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Lagartija de colores*

Después de la lluvia, Lagartija salió al jardín. Necesitaba ponerse en movimiento para entrar en calor.

Un pequeño arcoíris entre los rosales atrajo su atención. Nunca había estado tan cerca de uno y no pudo resistir el deseo de darle una mordida.

—¡Ay! —gritó el arcoíris—. ¿Por qué hiciste eso?

—Ummm, sabes muy rico.

Precavido, arcoíris fue a colgarse de la fuente.

Todavía no terminaba de saborear su bocado y el cuerpo de Lagartija era ya un montón de ronchas de colores.

—Se me hace que a partir de ahora serás conocida como aquella lagartija que comió de un arcoíris —dijo Alejita, que observaba la escena desde la ventana.

*Nota este cuentito fue escrito a partir de una idea de mi sobrina Andrea Alejandra Ortiz Regino, por lo que debe ser considerado escrito por los dos.
Imagen tomada de la red.

lunes, 26 de septiembre de 2011

XVI (Canción de cuna)*

 
XVI (Canción de cuna)
 
Duerme, pequeña mía,
que el coco no viene
esta noche;

Duerme y sueña
que hoy vaga por remotos campos
y juega con extraños duendes;

Deja que tus alas
se desplieguen:
el sol no quemará su cera...

Duerme, pequeña
que mañana habrá otro sueño
y para ti nuevos juegos.

*De: Poemas para bellas durmientes, del libro Réplica de viaje, poemario (2006), Lagarta azul.
Imagen tomada de la red.

sábado, 10 de septiembre de 2011

La casa abandonada (I)


Dicen que en una casa abandonada, a las afueras del pueblo, habita un fantasma. Hace tiempo traté de convencer a mis amigos para que desentrañáramos el misterio, pero se acobardaron: dijeron que ya no estaban en edad de andar buscando aventuras. “Bastante cruel es la realidad que se vive a diario como para buscarle nuevos agujeros al mundo”. El comentario de me recordó aquella película (Bandidos del tiempo) donde unos enanitos roban a Dios los planos del universo y, aprovechando los defectos de creación, van de época en época, perseguidos por el Creador.

Ya me decidí: esta noche voy a visitar la casa abandonada. La historia que cuentan ―que valiente que entra en ella desaparece― nomás no me la creo. A ver qué cara ponen mañana cuando sepan por mí que en este pueblo no hay fantasmas.

Imagen de Álvaro Sánchez Montañez: INDOOR DESERT 

sábado, 20 de agosto de 2011

Alas azules



Cuando llamaron a la puerta, el rostro de mamá se iluminó.
 —Asómate a ver quién es —la sonrisa dibujada en su cara me dijo que traía algo entre manos.
—¡Es un señor con una cajota! —grité emocionado, anticipando un regalo.
Eran unas alas azules y enormes, tan suavecitas que daban ganas de pasarse todo el día acariciándolas.
—Son para ti, póntelas —me enseñó a sujetarlas a mi espalda y brazos—. Al principio te serán incómodas, pero con el tiempo se ajustarán a tu cuerpo.
Algunas bromas y raspones acompañaron mi aprendizaje. Para levantar el vuelo debía recorrer muchos metros; y no hablemos de las tantas vueltas en círculo que daba antes de aterrizar. Aunque siempre estaba, como último recurso, el cordel que me unía a la mano de mamá y  que, a veces,  me hacía sentir papalote.
Hoy, luego de verme volar sin protección, mamá me dio un largo y sentido abrazo.
—¡Te extrañaré! —repetía con voz temblorosa mientras yo subía más y más en el cielo.

Imagen de Clarisa Grabowiecki: Niño con alas.

sábado, 13 de agosto de 2011

Joaquín, el pescador



Para Rosio Camelia, Hugo y Toñito, amigos de muchos años.
Por todas las cenas de Nochebuena que hice en su casa.

Desde el ventanal de la antigua casona, el chiquillo en pantalones cortos otea la inmensidad azul estampada con un sol grande naranja. Es uno de esos días espléndidos que la gente aprovecha para salir de paseo. Sonríe. Sabe que a esta hora el parque de Los sabinos ha sido tomado por las familias en día de campo; que el río Tigre ―en su aparente mansedumbre― no tiene espacio en sus charcas para albergar a un alma más. Quizás por eso hubo también quienes prefirieron quedarse en casa, si acaso dispuestos a la eventual visita de algún familiar o una amistad cercana. Como en la casa de al lado donde Hugo, Toño y Chio ―a los que conoce desde hace mucho― interrumpen sus travesuras infantiles y lo miran con curiosidad.

Pero los días de luz en el pueblo son escasos y breves; en un cerrar y abrir de ojos, el sol pierde su brillo y de los cerros bajan montones de nubes que cubren de oscuridad el cielo. Joaquín no se asusta. Los primeros truenos son la señal para que salga del vitral y deshaga con sus manos las nubes gordas y negras, como aquellas que un día hicieron de su tierra un pueblo de fantasmas.

Imagen tomada de la red.

sábado, 6 de agosto de 2011

La chistera de papá



Para mi sobrino Fabrizzio, en su cumpleaños.

Papá es un gran mago y yo me siento orgulloso. Cada que se alista para la función lo observo detenidamente, pues cuando sea grande quiero ser como él.
Así he aprendido varios trucos.
Hoy daré mi primera función de magia. Tomé prestada la chistera de papá y la traje a la escuela. La maestra Yola aceptó conceder tiempo de su clase para la representación.
―Con ustedes, el niño de la magia, el Gran Fabrizzio ―anunció.
Un fuerte aplauso siguió a sus palabras.
―Necesito una mano que me ayude ―invité.
Todos se miraban entre sí, pero nadie se levantó.
―Aquí está la mía ―dijo la maestra Yola.
Pedí a mi ayudante que me pasara la chistera, soplé en ella tres veces y dije en silencio las palabras mágicas que había escuchado a papá. Entonces me puse el sombrero y todo se oscureció: había desaparecido el salón.

Imagen tomada de la red.

martes, 2 de agosto de 2011

El rap del gazapo guapo*


Había una vez
Un gazapo guapo
Que le gustaba
Tocar el bajo

Tocaba rock
Cantaba rap
Bailaba tap

Lo acompañaba
Su amigo el Tico
Que era un perico
Con un gran pico

Tocaban rock
Cantaban rap
Bailaban tap

Tan bien la armaban
Los dos tocando
Que inviten siempre
Les dijo el chango

Tocaban rock
Cantaban rap
Bailaban tap

Y así la orquesta
Se fue formando
De fiesta en fiesta
Se hizo un fandango

Tocaban rock
Cantaban rap
Bailaban tap

Y aquel gazapo
Casi de trapo
Pasado el tiempo
Se hizo un conejo

Tocaba rock
Cantaba rap
Bailaba tap

Tocaba rock
Cantaba rap
Bailaba tap

 *Canción del disco Mi arcoiris de Bigotín y Lolita. Letra: José Manuel Ortiz Soto; música: Bigotín.

sábado, 23 de julio de 2011

Temporada de lluvias


Para Javier Perucho, amigo de sirenas.

Miraba caer la lluvia desde la ventana de su habitación. Eran las primeras gotas de la temporada y ya quería que los cerros y el pueblo desaparecieran bajo el manto espeso de los aguaceros.
―¡No sé cómo te puede gustar un día así! ―exclamaba la abuela al ver al chiquillo con los brazos abiertos, tratando de abrazar a un cielo negruzco que no deja de llover.
―Me gusta que llueva.
Le recordaba aquella vez que, dormido todavía en el vientre materno, oyó una voz que lo llamaba en la distancia: “Ven, Javito, ven”. Los latidos de su corazón se aceleraron tanto que el médico debió ordenar a su asustada madre reposo en cama. “No sabemos qué ha inquietadotanto  a su bebé, señora”, argumentó.
―¿Cómo puedes recordarlo?
―Como entre sueños.
―Entonces lo soñaste ―resolvían siempre los mayores.
―Sí, tal vez así fue ―sonreía Javier, conociendo lo incrédulos que pueden ser los adultos. Por eso no contaba a nadie que, durante la temporada de lluvias, sus viejas amigas las sirenas regresaban al río; que era suyo aquel rumor del agua embravecida al chocar contra la base del puente.

Imagen de Vicente Burrel Turón: Salto de agua.

sábado, 16 de julio de 2011

Primera lección de magia


Para Luvis, Chimena y Lupis, con un abrazo mágico.

Luvis quería un libro de magia. Siempre que pasaba por una librería preguntaba si tenían alguno donde pudiera tomar sus primeras lecciones. 

“Sólo tenemos libros avanzados”, solían contestar los dependientes, quizás pensando que no se estudia magia cuando eres pequeño.
Un día que Luvis paseaba por el centro de la ciudad en compañía de sus papás y sus hermanas, atrajo su atención un letrero sobre la fachada de un viejo edificio. Decía: “Si entras aquí, seguro lo encontrarás”.

--¿En qué puedo servirles? –dijo un hombrecillo flaco y encorvado, de nariz ganchuda y cejas abundantes.

No se necesitaba tener mucha imaginación para encontrar en el aspecto de aquel hombre ciertos rasgos de reptil. Un poco de dragón; tal vez mucho de alebrije.

--Mi hermana quiere un libro de magia para principiante –dijeron a un mismo tiempo Lupis y Chimena.

--Entonces, señoritas, han venido al sitio indicado. Acompáñenme.

El lugar parecía un laberinto hecho de libros, cuyas enormes paredes iban desde el piso hasta el techo. Para donde quiera que volteaban, había cientos, quizás miles de volúmenes de todos colores y tamaños.

--Por allí debe estar –dijo el hombrecillo y señaló un punto en lo alto del estante.

Mientras las hermanas buscaban con la vista una escalera, el hombrecillo comenzó a mover los brazos como si fueran alas y ascendió hasta casi rozar el techo con la cabeza. Emocionadas, las chiquillas lo vieron ir a todo lo largo de una hilera de libros, elegir uno y luego regresar junto a ellas.

--Aquí está --le sacudió el polvo, lo metió en una bolsa de papel amarillento.

De regreso en casa, Luvis sacó el libro y comenzó a leer  en voz alta para sus hermanas: “Bienvenida a tu primer libro de magia. Aquí conocerás los secretos que encierra una hoja en blanco. Aun los magos más sabios, un día fueron como tú. Sigue leyendo y no te detengas, aunque no haya nada escrito”.

Imagen de JM Ortiz Soto: Luvis, Chimena y Lupis.

           

sábado, 9 de julio de 2011

Una palabra muy extraña


Para Grecia, con el doble cariño medicinal de un cuento.

Grecia apartó la vista del libro que leía y miró a su alrededor: la abuela dormitaba en la mecedora, mamá atendía el teléfono y sus hermanos veían la televisión. “Al rato les pregunto”, se dijo y volvió a su lectura. Era inútil: por más esfuerzos que Grecia hacía por concentrarse, ahí estaba en su cabeza, en el libro, por todos lados, la extraña palabra. A veces zumbaba como un abejorro, ronco y seco, que debía espantar con un manotazo al aire. O era el trino de un ave canora que anidaba sobre la copa del naranjo: se oía tan clarito y bello aquel canto, que no dudaba en ir a la ventana y aplaudir. El colmo fue cuando la extraña palabra tomó la forma de un gigante y le arrebató el libro de las manos.

―Si no me vas a hacer caso, tampoco te dejaré leer ―gruñó el gigante, guardando el libro en la bolsa de la camisa.

Grecia lo miró entre divertida y asustada. Era la primera vez que veía a un gigante y no le parecía tan grande. Apenas como tres veces su papá.

―¡Devuélveme el libro! ―exigió.

―No te lo doy.

―¿Por qué?

―Porque me ignoras.

―¿Porque te qué?

―Porque no me haces caso ―dijo el gigante―. Ni siquiera sabe qué soy yo.

―Eres un gigante.

―Desde luego que no soy un gigante, mira…

La palabra comenzó a derretirse y quedó convertida en un charco de agua…

Grecia levantó el libro antes de que se mojara y luego fue hasta donde estaba su familia:

―¿Qué significa diccionario? ―preguntó.

Imagen de Vladimir Kush: Libro de libros.

sábado, 2 de julio de 2011

Un regalo muy especial


Feliz primer cumple, Camila Ixchel. Te quiero mucho.

Hoy es cumpleaños de la pequeña Ixchel y no sé qué regalarle. Me siento igual que el conejito del cuento que, mientras barría, se encontró una moneda y no sabía cómo gastarla. Así estoy yo: "Si le regalo un pastel, en un ratito nos lo comemos...", "Si le compro un vestido, cuando crezca ya no le va quedar...”, “Si le regalo una guitarrita, de seguro la rompe…”

Quizá comprendiendo mis tribulaciones de adulto, la pequeña Ixchel se me queda viendo y comienza a reír. Tomado por sorpresa, me vuelvo y espero ver detrás de mí a un simpático duende, pero sólo estamos los dos en la sala. Felizmente emocionado por ser objeto de las cariñosas atenciones de mi nieta, le correspondo con un gesto loquísimo que me enseñó una vez mi hermano Javier.

Para los interesados, he aquí como hacerlo:

1.- Con el dedo índice de la mano izquierda, empujar la punta de la nariz hacia arriba;

2.- Hacer la señal de la victoria con la otra mano: apoyar los dedos índice y medio debajo de los párpados inferiores y  traccionar firmemente hacia abajo (al mismo tiempo que se hace el paso 1).

La pequeñina se carcajea y aplaude. No necesito de un espejo para saber que me asemejo a un perro chato con los ojos a punto de saltarle del rostro. Sus frenéticos balbuceos -traducidos por un experto en lenguaje infantil- dicen: “¡Otro, otro, otro…!”

No me hago del rogar. Arqueo las piernas y doy un saltito grotezco, luego me acerco balanceando el cuerpo hacia uno y otro lado; me golpeo el pecho con la cara interna de las manos empuñadas y emito un mar de sonidos guturales de…

Camila Ixchel no deja de reír y pide más y más y más; yo, no sé todavía que le voy a regalar de cumpleaños.

Imagen de José Manuel Ortiz Soto: El sabor del primer pastel.

domingo, 26 de junio de 2011

La libreta

Para Dianita Hernández, y sus rudezas de colegio.

A la hora del recreo se la podía ver al otro lado del patio, tomando notas en una libretita que traía consigo siempre. A su alrededor, como mudos testigos, los pájaros, los árboles, los insectos. Tal comportamiento no podía pasar desapercibido para sus compañeros de colegio, que se preguntaban qué tanto escribía Diana la Rara.

―A lo mejor escribe la vida de los bichos ―dijo Hugo, un chiquillo de sonrisa traviesa; y prometió a su grupo de amigos traer el cuadernillo como trofeo―. Lo voy a descubrir.

A partir de ese momento, la pelota de Hugo, las canicas de Hugo, el trompo de Hugo… se cruzaban en el camino de Diana a toda hora. Si a medio recreo se le antojaba una paleta o una torta, de seguro que detrás de ella estaba Hugo formado. No tardó en correr por la escuela el rumor de que eran novios. Hasta hubo quien afirmó haberlos visto darse un beso, caminar de la mano por la calle o compartir un helado en la tienda de la esquina. Diana se sonrojaba al escucharlo.


Diana levantó la pelota y esperó a que Hugo fuera por ella.

―¿Me devuelves mi pelota? ―extendió las manos para tomarla.

―Sí, ténla ―dijo Diana, pateándola con todas sus fuerzas que rebotó en el pecho de Hugo.

―¿Por qué hiciste eso? ―dijo Hugo sorprendido, al borde de las lágrimas.

―Para que no andes diciendo que soy tu novia.

Cuando estuvo a solas, Diana escribió en su libreta: “¡Pobre Hugo! ¡Le di un pelotazo! Aunque me gusta mucho, tengo miedo que mi mamá se entere y me regañe.”

Imagen tomada de la red.

sábado, 18 de junio de 2011

Galletas nocturnas


Para Romina Moreno, con abrazos.

Escuché el gruñido de mis tripas como una protesta lejana. El pastel de zanahoria que abuela horneaba en mi sueño terminó por despertarme. Aunque era mucha la flojera, apetecía un vaso de leche y galletas con chispas de chocolate.

Bajaba por las escaleras cuando escuché un ruidito de pasos. Tal vez sea mamá, pensé, esperando que apareciera y me llevara de regreso a la cama. Pero lo que vi fue una fila de hormigas luminosas en perfecta formación: subía por la pared hasta el techo, pasaba por encima de mí e iba a perderse al otro extremo de la casa. Pero lo que más me sorprendió fue ver que cargaban con todas las galletas de la alacena.

―¡Alto ahí― grité, prendí la luz.

Descubiertas, las hormigas comenzaron a correr en todas direcciones. Las que estaban cerca de su escondite se daban prisa por desaparecer en él; las más lejanas, preferían deshacerse de su carga y tomar otra dirección. Las galletas llovían por todos lados, tanto que me era imposible atraparlas antes de que tocaran el suelo.

La tormenta de galletas terminó ―el lugar quedó hecho un desastre― y yo pude continuar, un tanto agitada, mi visita a la cocina.

―¡Romina! ¿Me quieres explicar qué significa este tiradero? ―llega hasta mi sueño la voz de mamá...

Imagen tomada de la red.

sábado, 11 de junio de 2011

Alergia


Para mi pacientito y amigo Fernando López Serafín,
que nos encontramos en la paletería.

―Tienes alergia ―me dijo el doctor.

A mis ocho años, no sabía qué era eso, pero tenía nombre como de materia de la escuela. Hasta me pareció oír a la maestra Marielena:

“Niños: abran su libro de Alergia en la página veinte, vamos a tener examen…”

¡Ay, Diosito, hasta se me enchinó la piel nada más de pensarlo!

Preferiría que fuera el nombre de un libro: Las aventuras de Alergia, la capitana del espacio. La imagino piloteando su nave por el cielo. Hermosa, alta, de ojos grandes y atentos. Ahora mismo acaba de llegar a un planeta recientemente descubierto. La escucho decir: “Hola, amigos desconocidos, vengo de la Tierra.” Unos hombrecitos azul con gris la invitan a quedarse; ellos la llevarán a conocer otras galaxias.

―¿Y qué es alergia? ―pregunto al doctor.

―Es algo que no le gusta a tu cuerpo y éste protesta.

―Ah, entonces tengo alergia a portarme bien, porque sólo me siento a gusto cuando juego y hago travesuras.

Imagen de JM Ortiz Soto: Fernando López Serafín comiendo paleta.

sábado, 4 de junio de 2011

Campanas contra el miedo

Para mi sobrina Alexis Arreola Ortiz, con unos cuantos gruñidos de tío enojón.

Alexis sabe que no hay nada más aterrador que estar sola en una habitación y ver cómo, segundo a segundo, la rata que viene hacia ti crece desproporcionadamente.

El lugar está vacío y no hay un palo o una escoba para defenderse. Para acabarla de amolar, Alexis no trae puestos los zapatos. Una silla, una cama, una cómoda en dónde subirse… serían de mucha ayuda.

Y ahí están frente a frente en un duelo que dejará sólo un ganador.

Entonces se oye un ruido y la enorme rata huye despavorida, hasta volverse un puntito oscuro en la distancia.

“¡Se asustó con las campanas de la iglesia!”

Cuando Alexis despierta, la rata gris de peluche que mamá Isa le regaló, sonríe.

―¡Tuve una pesadilla!―dicen las dos a un mismo tiempo.

Imagen tomada de la red.

sábado, 28 de mayo de 2011

Juguetes


A Luisito no le corre ninguna prisa por abrir el rompecabezas de mil partes que le compraron. Quería un carro de control remoto, pero eso de sacar buenas calificaciones, portarse bien y ayudar a mamá en los quehaceres de la casa, definitivamente, no es lo suyo.

―¡Promesas son promesas, hijo! ―recuerda papá.

―Deberías de tomar ejemplo de tu hermanito ―reconviene mamá.

Luis no responde, rasga la envoltura de la caja y sonríe; ni siquiera está molesto. Se siente afortunado de tener a un gemelo al que todos quieren y compran lo que pide. Sabe que con un poquitín de "ayuda", Camano es muy compartido.

Imagen tomada de la red.

sábado, 21 de mayo de 2011

En este pueblo no hay fantasmas: Urbanidad


Aquel fantasma había perdido todo respeto por las normas de urbanidad: se paseaba a plena luz por las calles y plazas del pueblo, como si nada. La gente, ofendida, tampoco tuvo miramiento con él y lo expulsó de los cuentos de espantos. Nunca más volvieron a tenerle miedo.

Imagen tomada de la red.

lunes, 16 de mayo de 2011

El Piratamalapata



Para mi sobrino Lalito Núñez Ortiz, que desde la primera vez que escuchó la canción supo que la compuse para él.*

El Piratamalapata
en su barco de papel
va recorriendo los mares
muchos ya hablan de él;

Lleva en la diestra una espada
de su abuelo el coronel
y en la siniestra está el mapa
de un tesoro que esconder;

Surca los mares temibles
no teme a la tempestad,
monstruos marinos sirenas
no lo pueden detener.

El Piratamalapata
hoy no quiere despertar:
bajo su cama hay una isla
todavía por conquistar.

Faltan los mares del norte,
faltan los mares del sur,
falta surcar el Caribe
y más allá el cielo azul.

―¡Vamos pues al abordaje,
mis valientes, vamos ya!
―Mejor levántate niño
que a la escuela hay que llegar.

Lalo rezonga y da vueltas
no se quiere despertar,
pues siempre termina el sueño
cuando ya está por ganar.

El Piratamalapata
es feroz como el que más;
sólo teme al baño diario
y a la Reina, que es mamá,

*Este poema que fue musicalizado por el payaso Bigotín y aparece en el disco Mi arcoiris, de Bigotín y Lolita.
Imagen tomada de la red.

sábado, 7 de mayo de 2011

Humedades


A la memoria de mis primos Toni y Gaby, con quienes fui niño; para sus hijas Gabriela y Valeria, con amor.

Suena el despertador. “¡Es hora de levantarse!”, grita mamá desde la puerta, acercándose. Aunque ya desperté, no me muevo cuando aparta las sábanas y descubre la humedad en que yazgo. “¡Otra vez te volviste a orinar!”, se desespera. Ya no respondo, muchas veces he tratado de explicarle lo que sucede, pero no me entiende. A cambio he tenido que acompañar a mis padres al pediatra y al sicólogo, pero tampoco ellos parecen creer mi historia. “El problema es más grave de lo que parece, no sólo se trata de un severo caso de enuresis (hacerse pipí en la cama, para ser precisos), sino además...” diagnosticó el terapeuta y recomendó un especialista de toda su confianza.

Las cosas no han mejorado desde que estoy con el nuevo doctor, los medicamentos que tomo hacen que los días transcurran en medio de una lentitud que ataranta y que me lleva más temprano a la cama. Cuando la oscuridad reina en la casa, un rumor de mar la acompaña. Las paredes de mi habitación desaparecen y me encuentro en medio de la playa. Incapaz de resistir su encanto, entro a ese mar al que me escapo cada noche. Y ahí estoy nadando en sus aguas hasta que se escuchan los primeros sonidos del despertador y, tiritando, debo volver a la cama.

Mientras mamá abre la puerta de la habitación, pienso si tendrá caso recordarle que hace millones y millones de años la Tierra estaba toda cubierta de agua y los mares eran uno solo, aun en esta montaña en la que vivimos. ¿Querrá saber que el agua siempre busca su cauce? Y más cuando la llama el canto de una sirena varada.

Imagen tomada de la red.

sábado, 30 de abril de 2011

Un día de trabajo con papá


Para todos los niños del mundo en su día

Papá se despierta todas las mañanas con un bostezo ruidoso que hace estremecer a las montañas.

Mamá, que entonces ya trajina por la casa, sirve una olla de café caliente y la lleva hasta la mesa, junto al pan recién salido del horno.

―¿Quieres un poco? ―pregunta papá cuando me ve bajar por la escalera.

Aunque a mí no me gusta el café, digo que sí, pues me encanta sentarme en sus piernas y que me convide de sus alimentos.

―¡Este niño tiene papitis! ―dice mamá y pone frente a mí un vaso con leche―. Si no te lo tomas, no podrás acompañar a tu padre.

Hoy comienzan las vacaciones y es un día especial: en premio a mis buenas calificaciones, papá prometió llevarme con él a su trabajo. Estoy tan emocionado que mi corazón retumba tan fuerte que lo escucho como saltando por toda la casa.

―Es hora de marcharnos, jovencito ―dice papá y echo a correr tras de él.

Mientras caminamos, papá me enseña algunas cosas y me dice que puedo preguntar todo lo que quiera.

―¿Somos gigantes?

―En este pueblo no hay gigantes ―replica mientras esparce las nubes, agrega o quita un satélite a los planetas, pone un poco de color naranja al sol―. ¿De dónde sacaste semejante idea, hijito?

Imagen tomada de la red.

viernes, 22 de abril de 2011

Barquitos de papel


A Noecillo, la escuela le aburría enormemente. En lugar de atender a las lecciones de la maestra Yola, solía hacer bolitas de papel que arrojaba a sus compañeros de clase. El día de nuestra historia le dio por escribir mil veces su nombre, pero apenas tuvo ánimos para llenar una hoja de libreta.
Era temporada de lluvias y esa tarde cayó un aguacero; mamá prohibió a Noecillo salir a la calle. “Si te mojas, te vas a enfermar; o te podría caer un rayo.” Refunfuñando, el chiquillo no tuvo más remedio que conformarse con ver desde la ventana a sus amigos chapotear en el lodo.
"Mejor aprovecha para hacer la tarea”, reconsideró mamá.
No del todo resignado, echado panza abajo en la cama, Noecilló encontró la hoja llena con su nombre. Recordó que días atrás su amigo Marco ―duro de cabeza como él, pero bueno para la imaginación― le había enseñado a construir barquitos de papel. “Es muy fácil, fíjate bien”, le dijo, doblando, desdoblando aquí, comenzando allá.... “Cuando mis papás no me dejan salir, hago uno y me voy de aventura. Ah, pero ten cuidado de no contarlo a cualquiera, porque te tacharían de loco.”
A la hora de la cena, mamá fue a la habitación por Noecillo, pero no halló a nadie; sólo había sobre la cama una libreta de tareas a la que faltaba una hoja.

Imagen tomada de la red.

domingo, 10 de abril de 2011

Una panzocigüeña extraviada


La panzocigüeña sobrevoló el pequeño poblado del sureste guanajuatense. En su larga experiencia como mensajera de los cuneros celestiales, nunca había batallado tanto para dar con una dirección. Conocía cada rincón de la Tierra como la punta de sus alas, por inhóspito que éste fuera. Pero algo sucedía con sus sensores de ubicación, pues, simplemente, ignoraba dónde demonios se hallaba. Estaba perdida, cansada y hambrienta, no tardaría en oscurecer y el chiquillo, que debía haber nacido hacía horas antes, no paraba de retorcerse y balbucear dentro del canasto que pendía de su pico. ¿Y si mejor lo dejaba en una de las casas que veía allá abajo? Seguro que sorprenderían con el regalito, pero tal vez hasta ellos mismos lo llevaran sano y salvo a su destino. La voz del administrador de los cuneros celestiales retumbó seria en su cabeza: “Todo bebé es valioso, esto hace de las panzocigüeñas uno de los seres más queridos de la Creación. Pero el caso que se te ha encomendado es, digamos, particularmente ‘especial’, pues los señores Alejandra Soto y Fabián Ortiz (padres ya de un chiquillo de nombre Javier) llevan ¡nueve años! aguardando que la cigüeña toque a su puerta. No les falles”.

Por fortuna el jefe no estaba con ella sobrevolando en ese momento el territorio de Jerecue―quién―sabe―cómo, ya que si no quería regresar a los cuneros con toda y carga, lo mejor sería que la dejará… por ejemplo, en la casa de teja roja casi al final de aquella calle. Echo una última mirada al cielo y no vio nada sospechoso; redujo la velocidad, aflojó la tensión del pico y enfiló hacia el claro que debía ser el patio.

Era ya tarde el 27 de enero de 1965 cuando el chiquillo recién nacido comenzó a chillar…

Imagen tomada de la red

jueves, 31 de marzo de 2011

Aquí comienza tu nombre


Aquí comienza tu nombre,
Camila Ixchel,
en un punto de la piel
donde la puerta se abre
y atentos esperamos;

aquí comienza tu nombre,
junto al nuestro,
salpicado de gritos
de franca algarabía,
y debajo un llanto silencioso
por tenerte.

Aquí comienzas tú,
junto a nosotros:
todos niños divertidos
y asustados,
pájaros de viento
en este vuelo;
todos duda y esperanza.

Foto de J M Ortiz Soto: Carita de Camila Ixchel.

lunes, 28 de marzo de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: VIII El nacimiento


Cuando el dibujante se marchó, el gato de papel despertó. Estaba listo para conocer el mundo. Sólo necesitaba de una historia que lo contara.

Imagen de Aranza María Ortiz G.

lunes, 21 de marzo de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: VII Amanecer


Luego de una larga noche en blanco, el cesto de la basura rebosa de papeles. Asoman los primeros rayos del sol y cientos de gatitos esperan el momento de volver a nacer.

Imagen de Aranza María Ortiz G.

viernes, 18 de marzo de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: VI Curiosos


Crepita el fuego en la chimenea. Los gatitos corren por la sala, pequeñas y peludas bolas curiosas. Desde arriba de la mesa, cautivado por su misterio, el gato de papel contempla las llamas.

Dibujo de Aranza María Ortiz G.

sábado, 12 de marzo de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: V Un riachuelo en casa


Hace rato que llueve. “Blop, blop, blob…”, se escucha una gotera en el silencio de la casa. Un riachuelo corre debajo de las sillas y sillones; con su tímida corriente lo humedece todo.

Dibujo de Aranza María Ortiz G.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: IV Otoño


Otoño. Un ventarrón de polvo y hojarasca asoma tras la puerta de la cocina; persistencia que estremece. Tomado por sorpresa, el  gato de papel es arrastrado por el viento y cual extraña mariposa gris y blanca revolotea. Agotado al fin, descansa junto a la barda del jardín.

Dibujo de Aranza María Ortiz G.

jueves, 3 de marzo de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: III Juguetones


Juguetones, que no hambrientos, los mininos mordisquean las hojas de papel. Luego, sorprendidos, echan a correr por la habitación. Sólo para volver a comenzar de nuevo…

Imagen de Aranza María Ortiz G.

sábado, 26 de febrero de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: II Mamá gata fue a comer


Mamá no está; seguramente anda por la cocina en busca de alimento, pues hace días que no come.
Envueltos en el frío de su ausencia, temerosos, los gatitos se acurrucan dentro de  su caja de cartón. La extrañan.

Imagen de Aranza María Ortiz G.

domingo, 20 de febrero de 2011

Las ocho vidas de un gato de papel: I En el principio*


Si prestas atención escucharás el sonido del papel en blanco. Cada vez que la goma de borrar se desliza sobre un trazo, se oye un maullido como a través de una pared no muy delgada. Sí, acertaste: es un gatito que se rebela contra el dibujante, y pide a gritos salir de su inexistencia.

________________
*Niños: Las ocho vidas de un gato de papel es una micronovela, o sea, así chiquitita, para que no se aburran y puedan decir que ya leyeron una. Cada capítulo estará ilustrado por un dibujo de  Aranza María, mi hija. Espero que la disfruten,
Manolo.

domingo, 13 de febrero de 2011

XXX En busca del pingüino rojo: Alas

Cuando Leopold terminó de contar la historia del pingüino rojo, la tarde era ya un manto de sombras. El sol se había ocultado en el horizonte y un vientecillo fresco, proveniente de las montañas, salpicaba de cuando en cuando al grupo de chiquillos alrededor del cuentacuentos. Acurrucados entre los brazos de sus padres o de sus hermanos mayores, los niños más pequeños soñaban que recorrían el mundo con pingüinos rojos y javes aventureros, mientras leopolds les contaban nuevas historias. Los más grandecitos, como Chivo, Camano, Chocho o Willy, generalmente inquietos, no se movían de su sitio; tal vez porque esperaban que de un momento a otro, después de dar un largo trago a su café y aclararse la garganta, el viejo Leopold retomara el hilo de la historia y nunca más se detuviera, como en un cuento sin fin.
―¿Y ahí te dieron tus alas? ―preguntó una chiquilla de ojos traviesos y sonrisa con hoyuelos.
Todas las miradas, sorprendidas, se volvieron hacia ella.
―¿Cómo te llamas, pequeñina?
―Ixchel ―respondió muy seria.
―Pequeña Ixchel, estas alas ―apartó de su espalda un poco los apéndices plumíferos, los agitó como si se dispusieran para el vuelo―, estas alas me nacieron solas. Gracias a ellas pude llegar a aquí, pero esa es otra historia que les contaré otra ocasión. Ahora todos debemos ir a dormir, ya es tarde.

Imagen del autor.

domingo, 6 de febrero de 2011

Historia de una familia de pájaros*



Un día que mamá pájara volaba sobre el jardín la golpeó una piedra procedente de una resortera.**Sus alas se rompieron y no pudo volver a volar más. A partir de ese momento yo, papá pájaro, me encargué de alimentar y de criar a las dos polluelas que teníamos. Hoy la más chiquita se fue del nido; ya es mamá y tiene su propia polluelita.

__________________________________________
*He aquí mi primera minificción (una historia breve) pensada y escrita para niños. Espero que sea de su agrado. Si les gustó seguiré escribiendo más. Déjenme su comentario.

**Resortera o tirachinas: horquilla con mango a cuyos extremos se unen los de una goma para estirarla y disparar así piedrecillas, perdigones, etc. (Diccionario de la lengua española).
 
Imagen tomada de la red.

sábado, 5 de febrero de 2011

XXIX En busca del pingüino rojo: Un desmayo oportuno

El nuevo día nos encontró en el Calicanto. Detrás de nosotros, el desierto de Los Tepetates, frío y solitario. Al frente a la distancia, como promesa que despierta, la pequeña ciudad salpicada de luces, esperando nuestro regreso. Si no hubiera estado consciente de lo sucedió, seguramente habría pensado que todo fue  un sueño y que acababa de despertar. Pero la pluma de pingüino rojo que guardaba en la bolsa del pantalón decía lo contrario: era tan real como yo mismo. Ahora sólo tenía que esperar a que...
―Pero, ¿qué pasó? Anoche estábamos en el desierto ―rezongó el señor Oliver a mis espaldas.
Respiré profundo y le dije que tenía razón, que yo  dormía igual que todos cuando un ruido extraño me despertó. Tuve miedo y quise despertarlos para que me acompañaran a ver de qué se trataba, pero cada miembro de la expedición (excepto yo, desde luego) dormía un sueño inquieto, como si viviera una pesadilla de la que no podía despertar.
―El desierto es terrible con quien no lo respeta: lo hace ver e imaginar cosas que no existen ―concluí.
―¿Quieres decir que tú solo nos trajiste hasta acá? ¡Por favor, Leopold!
Debía escoger con cuidado mis palabras; los hombres de negocios como el señor Oliver no son fáciles de convencer, y menos cuando acaban de perder el mejor negocio de su vida.
―¡De ninguna manera! Eso habría imposible. Cada quien volvió por su propio paso. ¡Hubiera visto lo cómico que nos veíamos! Parecíamos zombis, ni más ni menos.
―Ummm, muy extraño, muy extraño…
Otros miembros de la expedición se habían despertado y escuchaban la conversación.
―A mí se me borró el casete cuando me quedé dormida ―se excusó Isa Becerrilla―. ¡Sabía que nada bueno saldría de esta loca aventura!. ¿Cómo fui a dejarme convencer?
―No sé, pero… ―insistía el señor Oliver, rascándose la barbilla.
―No importa lo que haya pasado anoche en el desierto ―protestaron otros miembros del equipo―.  Estamos cansados y queremos regresar a casa. Además, nos va a pagar lo acordado, ¿no es cierto?
El señor Oliver abrió tanto los párpados que sus ojos estuvieron a punto de saltar de sus cuencas. Y como le sucedía cuando se emocionaba en exceso, se desmayó pensando en que esta vez había hecho el peor negocio de su vida. ¿Qué dirían de él los periódicos si se llegaban a enterar?

Imagen tomada de la red.

jueves, 27 de enero de 2011

A la memoria del doctor José C. Soto C.

 
así, a la distancia, desde este mi refugio
apartado de hospitales, me acerco
y te saludo con el ánimo de siempre;
tú sabes que no soy de despedidas
a orillas de una cama
aunque me sangra el alma.

charlemos, pues, en calma,
quiero ser el escucha que gustaba
de hurgar en tus recuerdos
y tomaba para sí algunos ejemplos
(como aquellos mis primeros pasos de karate
donde el miedo se hizo flaco,
el sabor dulzón del moscatel u oporto,
o el olor de un libro del joven vargas llosa...)

podría conversar contigo días, meses, años...
porque no tengo palabras para decirte adiós
y no quiero doblegarme a la tristeza
-como tú no habrías querido que pasara-;
no reniego de la muerte ni maldigo
y con gusto acepto haber leído aquella carta
por mi libro, que no enviaste, mas deseabas;

anda tío, dame un abrazo,
como el último de los primeros de diciembre
en la boda de tu hijo, 
y llévate algo del amor de padre que me diste;
que los dos sabemos que la vida es una
y la vivimos, cada quien a su manera,
y si antes nos unió la sangre y el cariño,
hoy nos liga un veintisiete de enero compartido.

El pingüino rojo en el mundo