
“¡Un perrito!”, se emocionó Mila al verlo acurrucado junto a la puerta de su casa.
De entre aquel montón de pelos sucios y enredados ―semejante a un trapeador― asomó una miradita tierna y frágil que atajó de inmediato cualquier oposición del padre de Mila.
“Pero el bicho se queda en el patio hasta que el veterinario lo revise y lo deje presentable”.
La palabra “bicho” causó mucha gracia a Mila, que decidió bautizarlo con aquel nombre. Siempre había querido tener un perrito, pero ahora no se le ocurría ningún nombre. Desde que mamá no estaba, Mila tenía menos palabras que antes. Tal vez porque las muñecas y los peluches no participaban de su plática (y si lo hacían era para repetir las que ella decía).
La vida de Mila cambió con la llegada de Bicho: a diario debía sacarlo a pasear, levantar el excremento, darle de comer, bañarlo y desenredarle el pelo… Además de encubrir algunas travesuras (como la costumbre de mordisquear los libros y zapatos de su padre).
“¿Por qué no eres un perro normal?”, le dijo Mila a su mascota un día que se orinó en la sala. “Un perro normal se metería al baño, se sentaría al excusado y… ¡Por Dios! ¡Qué cosas me haces decir, Bicho!”
Bicho solo sonrió; le encantaban las ocurrencias de su pequeña amiga.
Imagen tomada de la red.
2 comentarios:
Sería feliz si mi "bicho" cerrara la puerta después de entrar :)
R
Anónimo, siempre es muy grato tener un "bicho" o muchos bichos.
Saludos.
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