La música que escucha el pingüino rojo y sus cuates

LA MÚSICA QUE ESCUCHA EL PINGÜINO ROJO

Dedicatoria





Un pingüino rojo está dedicado a mi hermano Javier, porque me regaló mi primer libro y eso no se olvida; para mi mamá Alejandra, que supo desde el principio que tendría que batallar con mi carácter; para mi papá Fabián, al que apenas conocí pero todavía disfruto y quiero; para mamá Kika, que me malcrió (¡y me gustó!); para mi hermano Fabián y mis primos Alejandro, Gabriel y Willy, que nunca me dejaron solo en tantas y tantas travesuras; para mis hermanas Isabel, Berenice, María Elena y Cecy, que me conocen poco pero nos queremos mucho; para Patricia, Aida, Citlali, Alejandra y Gabriel flaco, primos que aceptaron tener un hermano mayor; para mis niñas Olivia, Ireri y Aranza, que aunque no me leen, están orgullosas de mí; para mis sobrinos Rodrigo, Fabiola, Andrea, Alexis, Angie, Andrei (con todo y mamá), Eduardo y Fabrizzio, por el miedo que tenían al "tío de lentes que inyecta y opera"; pero muy especialmente lo dedico a mis pacientitos que, en mi consultorio o en el hospital, me piden que les cuente uno de mis cuentos; y va también para todos aquellos que no se leen (porque ya es mucho rollo), pero saben que aquí están... Bienvenidos, pues y ¡comencemos la aventura! Nota: de última hora, la pequeña Camila Ixchel decidió acompañarnos... Otra nota: ahora se agregó Sofía Valentina y Austin Manuel. ¡Los amamos, campeones!

sábado, 28 de marzo de 2020

El secreto mejor guardado de la abuela



Abuela es una pirata. En las mañanas, 
mientras yo duermo, se pone su pata de palo y, de pie frente al espejo, se tapa un ojo con un parche negro. 












En la cocina, bate los huevos con su garfio de acero. 


Luego la casa se va quedando quieta y en silencio...


Hasta que viene un periquito y me grita en la oreja: “¡Ya levántate floja, que es hora de almorzar!”. 


Todos los dibujos para este cuento fueron hechos por Camila Ixchel.

sábado, 24 de agosto de 2019

La vida de los animales



La vida de los animales*
Camila Ixchel García Ortiz
José Manuel Ortiz Soto

Julieta y Pablo fueron de visita al zoológico. Les habían contado que allí había algunos animales fuera de lo común. Madrugaron para ser los primeros en entrar.


El primer lugar que visitaron fue el estanque de los patos verde – azul. Al ver a los recién llegados, les dijeron:
—Buenos días, amigos. ¿Nos han traído alguna golosina?
Julieta y Pablo se miraron, sorprendidos. Luego señalaron el letrero al pie del estanque, que decía: “Prohibido dar de comer a los animales”. Decepcionados, los patos se zambulleron en el agua.
Después visitaron a la jirafa.


—¡Qué extraño color tienes! —exclamó Julieta.
La jirafa le hizo una seña para que se acercara a ella.
—¿Te gustaría escuchar mi secreto? —Julieta dijo que sí—. Soy de color naranja porque así me dibujó una vez un niño. Ahora que si tú prefieres algún otro color…
Julieta gritó: ¡Morado! Y la jirafa fue morada. Pablo gritó ¡Azul! Y la jirafa se puso de color azul. Y así todos los colores existentes y sus combinaciones más disparatadas.
El último lugar que los niños visitaron fue el chiquero del elefante morado. Julieta iba a decirle que ese era su color favorito, pero el elefante ya lo sabía.
—Soy un elefante adivino. Y tengo este color en tu honor.
—¡Vaya que este zoológico es bastante extraño! —reflexionó Pablo.
—Digamos que es mágico —sugirió el elefante morado—. Todos aquí somos especiales. Por cierto, ya es hora de que se vayan, pues estamos por terminar la función.
Y todo alrededor de los dos niños comenzó a desaparecer.
Esa noche, Julieta y Pablo no soñaron nada. ¡Para sueños ya habían tenido bastante con la nueva vida de los animales del
zoológico imaginario!

*Un día, mi nieta Camila Ixchel me dio unos dibujos, y me dijo: Abuelo, aquí está un libro que dibujé, ahora ponle tú las palabras. Este es nuestro cuento; más de ella que mío.

viernes, 7 de junio de 2019

Las dos niñas y el ogro, de Camila Ixchel


Había una vez dos primas que se llamaban Isabel y Julieta. Un día fueron a una torre muy grande que llegaba hasta el cielo, en donde se encontraba un ogro feroz, y se asustaron mucho. El ogro era de varios colores brillantes. A Isabel no le dio miedo, por lo que le dijo al ogro que si quería ser su amigo. El ogro aceptó y se pusieron a jugar por varias horas.
Después de un rato, las mamás de las primas se empezaron a preocupar por la ausencia de sus hijas, por lo que tuvieron que salir a buscarlas a los alrededores de la aldea, en donde por fin las encontraron muy entretenidas jugando con un ogro. Asustadas, las mamás gritaron muy fuerte y se desmayaron.
Al regresar en sí, las mamás se dieron cuenta que el ogro no tenía muy mal aspecto y se veía muy amable, por lo que dejaron que Isabel y Julieta tuvieran una buena amistad con el ogro.

Fin

sábado, 16 de febrero de 2019

El nogal del huerto del abuelo



La huerta de papá Alejo estaba a la salida del pueblo, junto al panteón municipal. Los higos y las granadas se daban muy bien; lo mismo que los duraznos, que mis tíos se empeñaban en injertar con ciruela. De entre todos los árboles del pequeño huerto sobresalía un nogal: alto, majestuoso, al lado de una zanja por la que todo el año corría agua. En época de calor, la sombra del nogal invitaba a recargarse en su tronco, sacarse los zapatos y meter los pies en el agua. Sin embargo, los escasas nueces que brotaban de aquel hermoso árbol estaban vanas; y las que lograban madurar, eran insípidas. Un día pregunté a papá Alejo cuál era la razón de aquello. Los muertos a veces son caprichosos, hijo, y dan sus cuerpos sólo a las plantas que ellos quieren, me respondió.

Imagen: tomada de la red.

jueves, 7 de febrero de 2019

Los malabares del mago de los cuentos



A la espera de que lleguen las ideas para su nuevo espectáculo, el mago de los cuentos se quita los zapatos, cierra los ojos y comienza a caminar por el aire. Poco a poco, las hojas en blanco sobre el escritorio se van llenando de palabras.

Dibujo: Camila Ixchel.

jueves, 26 de octubre de 2017

Un niño juguetón y de muy buen diente


Dos días al año, los muertos salen de sus tumbas y vienen a visitarnos.
Los muertos niños llegan primero. Y un día después, les toca su turno a los muertos grandes.
Las casas se visten de fiesta para recibirlos.
En cada casa hay un altar adornado con papel picado de colores y las fotografías de los muertitos de esa familia. Nunca faltan las veladoras y las flores de cempasúchil, pero sobre todo la comida y sus dulces favoritos.
Un día, un muertito de nombre José Luis estaba muy contento por poder regresar a su casa.
En vida, José Luis había sido un chico muy, pero muy juguetón. Y no hacer nada en la otra vida lo aburría. Así que nomás salió del panteón, se puso a jugar con cuanto niño andaba por ahí.
Cuando José Luis no tuvo más con quien jugar, se dijo que ya era momento de irse a casa de sus padres. Pero José Luis ya no se acordaba cómo llegar.
Se puso triste y tenía ganas de llorar.
No era la primera vez que José Luis se perdía por andar jugando.
Cuando todavía estaba vivo, si le encargaban hacer algún mandado, en cuanto encontraba con quien jugar, se le olvidaba todo.
Hasta su nombre.
Pero la mamá de José Luis conocía perfectamente a su hijo y sabía cómo hacerlo regresar. En cuanto éste no daba señales, abría de par en par las ventanas de la casa y se ponía a cocinar.
Como por arte de magia, el aroma de su comida favorita llegaba hasta la nariz de José Luis, refrescándole la memoria.
José Luis se puso contento al recordar aquellos momentos. Sobre todo, porque en el mundo de los muertos le habían dicho que en su casa lo recibirían con la comida y sus postres favoritos.
Y si aquello era cierto, pensaba José Luis, mientras levantaba la punta de la nariz y respiraba hondo, muy hondo, llenado sus pulmones del aire fresco que corría por la calle.
Entonces, llegó hasta él un olor a pan de queso, también a atole de chocolate y a dulce de manzana…
¡Umm, qué rico!, se saboreó.
Y así, siguiendo el rastro de los alimentos preparados por su mamá, José Luis llegó su casa.
En cuanto lo vieron entrar, todos corrieron a abrazarlo.
La mamá de José Luis miró el reloj y le dijo:
―¡Ay, José Luis! De seguro te entretuviste jugando por ahí, ¿verdad?
Sí, mamá.
―Anda, vente a comer, porque debes tener mucha hambre.

martes, 29 de agosto de 2017

El sueño de los árboles



Mi nieto y yo descansábamos a la sombra de un ahuehuete.
—¿Qué sueñan los árboles, abuelo?
—Los árboles sueñan que… En realidad, no sueñan nada.
Entonces comenzó a desaparecer todo a nuestro alrededor: el río, las barcas, la carretera que pasaba cerca, las últimas casas del pueblo, mis manos… 
Mi nieto reían, divertido.


viernes, 14 de julio de 2017

El mago de los cuentos

Un día, dos hermanitas estaban bastante aburridas en su casa: se había ido la luz y no podían ver televisión. Tampoco jugar con sus tabletas o celulares porque, de tanto uso, estaban sin batería.
—¿Y ahora qué hacemos? —dijo la niña más grande.
—No sé —dijo la niña más pequeña, y bostezó ruidosamente.
De pronto, quién sabe por qué arte de magia, en medio de la sala apareció un mago.
Las niñas no se asustaron, pues el hombre —no muy joven, pero tampoco tan viejo— vestía con elegancia la ropa oficial de mago: un sombrero de copa negro, traje del mismo color, y también una enorme capa negra con el forro rojo, y en su mano izquierda, porque era zurdo, portaba una barita mágica que destellaba con cada uno de sus movimientos.
—¡Es un mago! —dijo la hermana pequeña al verlo.
—Y para un mago sería muy fácil hacer que vuelva la luz, ¿verdad? —dijo la hermana grande.
—Sí, sí, porque nos aburrimos tanto —imploró la hermana menor.
El mago se les quedó viendo a las dos niñas, pensativo. No le sorprendía que le pidieran aquello, estaba acostumbrado a las peticiones más inverosímiles. Por ejemplo, recordó que en una ocasión le pidieron que el salón de fiestas se elevara por los aires y se fueran todos de vacaciones a la playa. Otra vez, una niña se acercó a él y le dijo al oído que no quería ir más a la escuela, ¿sería posible que con su magia desapareciera todas las escuelas del mundo? Ah, pero lo más loco que le habían pedido fue que construyera una trampa para atrapar sueños.
Al fin, el mago dijo a las dos hermanas:
—Por supuesto que podría traer la luz de regreso o que sus tabletas y sus celulares funcionaran sin energía por siempre.
—¡Sí, sí!…
—¡Bravo, bravo!…
—¡Abra cadabra, patas de cabra!...
—¡A la bio, a la bao, a la bim bon ba, el mago, el mago, ra ra ra!
Gritaban las niñas, emocionadas.
—Pero…
La emoción de las niñas desapareció.
—Pero ¿qué?
—Que eso de arreglar la luz o recargar las tabletas no es función para un mago de mi categoría… Eso lo hace un electricista o un técnico que se dedique a eso.
Esta vez, fueron las  hermanas las que se le quedaron viendo detenidamente al mago, que seguía parado en mitad de la sala, jugueteando con su barita mágica.
—¡Pues qué mago tan chafa!
—Sí, qué chafa.
—Mejor hubiera aparecido un payaso.
—Ajá, un payaso es más divertido.
Y las dos hermanas se cruzaron de brazos, pusieron gesto de enfado y fingieron que miraban para cualquier lado.
—Quizá tengan razón, niñas… —comenzó el mago—. Bueno, quizá tengan algo de razón. Una poquitita de razón.
Las niñas se volvieron a ver al mago, que señaló su cabeza.
Lo que las niñas vieron fue que la chistera del mago se había transformado en un sombrero con forma de libro.
—Eso no es chistoso —dijo la hermana pequeña.
—Es sólo un libro en tu cabeza —dijo la hermana grande.
—¿Qué hiciste con tu sombrero? —Quiso saber la hermana menor.
El mago se quitó de la cabeza su nuevo sombrero, que era un enorme libro como esos donde los magos aprenden sus trucos.
Las dos niñas se pusieron de pie y se acercaron al mago. La más grande, que ya iba a la escuela, comenzó a leer para su hermanita lo que había escrito sobre la tapa del libro:

—El mago de los cuentos: mil y una historias para niños de 0 a 100 años —Intrigada, dio vuelta a la página—. Si quieres escuchar una de las historias del mago de los cuentos, toma asiento y guarda silencio, porque la función apenas va comenzar.

sábado, 10 de junio de 2017

El pasar del tiempo


Un día, mi hijo se aburrió de nuestro juego, y me dijo, muy serio:
-No soy más el niño chiquito que tú crees, eh. Ya soy grande.
Las mangas cortas de su pantalón le daban la razón; recordé cuando cabía en las palmas de mis manos.
-Entonces, sabes que uno de los dos no existe, ¿verdad?
-Es verdad -musité. 
Y desaparecí.

Imagen: Padre e hijo de Leonardo Yasovitch.

jueves, 20 de abril de 2017

Ronroneos


A la entrada de un pueblo muy bonito al pie de la montaña, hay un letrero que previene a los visitantes de una anciana y su corte de gatos. Dice en letras grandes: “Por ninguna razón aceptes sus regalos, pues se trata de una bruja muy malvada”. Pero los turistas generalmente son curiosos, y aceptan las bolas de estambre y los ruidosos cascabeles que atan a sus cuellos, con gusto. 

Imagen: Anciana con gato de Max Liebermann.

jueves, 19 de enero de 2017

Reto eterno



La verdad no supe qué decir, en ese momento me tenía aprisionada contra la pared, sólo sentía su pesada respiración que se iba acelerando con la mía hasta que se sincronizaron. Me seguía viendo a los ojos, cada vez se acercaba más, más y más hasta que pegó sus labios a los míos. Me quedé pasmada en mi subconsciente, mientras mi cuerpo le seguía la corriente: yo sabía que estaba mal hacer eso con alguien como él, pero no podía evitarlo, algo me atraía hacia él... no sabría decir con exactitud qué, pero era algo muy profundo de su ser.
Cuando acabo nuestro beso me dijo que tenía que irse.
Me senté en la banqueta y medité sobre lo que había pasado: lo besé, pero nunca supe sí él también quería ese beso, sólo estábamos jugando a verdad o reto, no supe cómo acabamos aquí. 
De pronto escuché un carro frenar bruscamente y luego un golpe fuerte.  Fui corriendo a ver qué pasaba. Sólo recuerdo que vi al hombre con el que estuve hace 5 minutos y había mucha sangre sobre su cuerpo. 
Desde entonces no paro de repetir lo mismo; las doctoras siempre me dicen que estaré bien, antes de que me pongan la máquina de electrochoques.


Mónica Michelle

Mónica Michelle es una de mis pacientitas, y me mandó este cuento. ¡Saludos Mónica!

jueves, 12 de enero de 2017

El mago de los cuentos (5)



El ensayo

“Abracadabra patas de cabra”, repite el mago de los cuentos una y otra vez, y saca del fondo de su sombrero otra hoja en blanco.
Conejos y palomas aplauden, emocionados.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Secretos



El fantasma de papá vino a visitarme. Él finge que está vivo, que aún sigue de viaje, pero se ha dado tiempo para estar conmigo un par de días. Yo no le digo que lo sé todo, que llevo más de treinta años haciéndome el desentendido. Además, no sabría cómo explicarle por qué todavía tengo siete años.

Foto: Fabiola Ortiz.

lunes, 23 de mayo de 2016

Retornos


La última vez que Claudio estuvo allí, su padre trabajaba en la construcción de una máquina del tiempo. Veinte años después, el lugar no había cambiado mucho, solo parecía ser más pequeño de como lo recordaba, quizá por esa compresión de tiempo y espacio que acompaña el paso de la infancia a la edad adulta.
―El destino no siempre está en nuestras manos ―le había dicho su padre aquella vez, desde la mesa de trabajo―. Ven y mira esto.
Claudio avanzó entre el laberinto de objetos cuya utilidad desconocía, pero que inquietaban su imaginación tanto como para desear apoderarse de uno de ellos y guardarlo en su mochila y, luego, con el pretexto de que no tardaría en pasar el autobús escolar, abandonar el taller.
―¿Qué caso tendría echar a correr y nunca detenerse, hijo? ―escuchó la voz de su padre, más seca y pausada; lo imaginó con el pelo revuelto, canoso; la mirada retraída en un punto del pequeño aparato que seguramente tenía entre las manos―. Aunque si lo vemos con detenimiento, eso es lo que hacemos siempre: correr y nunca detenernos.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Claudio: el único momento en que veía a su padre correr era en las mañanas, cuando abandonaba la cama deprisa, tomaba el café, casi hirviendo y desaparecía tras la puerta del taller. No, por más esfuerzos que hacía, no lograba hallar en su memoria una imagen de su padre correteando por el parque o detrás del autobús.
―Sabía que te encontraría aquí ―dijo Claudio; el hombrecillo flaco y desarreglado, esbozó una sonrisa―. Cierto: ¿dónde más podrías estar, papá?
―¡Cuánto has crecido, hijo! Cuando te fuiste eras apenas un chiquillo.
―Tú sigues igual. Quizás más delgado.
Padre e hijo se miraron como si trataran de corroborar la certeza de sus palabras, conscientes de que el tiempo es engañoso y la memoria frágil, que muchas veces se ve sólo lo que se quiere.
―Siempre viví esperando tu regreso ―dijo el viejo, emocionado―. Jamás pude hacerme a la idea de perderte, y menos cuando me di cuenta de que faltaba el reloj de tiempo inverso, en el que trabajaba la mañana que entraste aquí; me empeciné en creer que tú lo habías tomado, y veo que no me he equivocado.
―Perdón. Sólo quería que mis amigos del colegio vieran en lo que mi papá trabajaba… ―Claudio abre la mochila y entrega a su padre el viejo reloj; el anciano lo revisa, escucha, siente el tictac que late entre sus manos ―.  ¿En qué cosa trabajas ahora?
―En el mismo aparato de entonces, pero me hacía falta esta pieza.
―En verdad lo siento…
―No, está bien ―abre los brazos y estrecha a Claudio con la necesidad de los veinte años que les fueron robados. Luego se aparta pues sabe que debe volver a aquella última mañana con su hijo, antes de que éste tome el autobús al colegio y se pierda otros veinte años.

viernes, 29 de enero de 2016

Las Historias de cada quien

Presentación


Un año más de andar por aquí… Y otro libro para festejar a los lectores, que sin ellos estas páginas estarían escritas en blanco. Las Historias de cada quien fueron publicadas en el blog para niños de 0 a 100 años, Un pingüino rojo…
—No existen pingüinos rojos, son negros con blanco y medio cafecitos —protesta Chivo.
Los demás niños lo miran, sorprendidos de su sapiencia. Sólo Camano, que gusta de llevarle a todo mundo la contra, manifiesta:
—¿Y qué? En los cuentos todo se vale.
—¡Sí! —dicen unos.
—¡Ah! —dicen otros.
—Pues a mí se me hace muy jalado de los pelos que exista un pingüino rojo, ¡y que viva en el desierto! —se defiende Chivo.
—¡Es verdad! —dicen unos.
—¡Ummm!  —dicen otros.
Y allí está el grupo de amigos dividido en dos bandos: cada uno con un punto de vista, que defienden, olvidando que se reunieron para oír al contador de historias.
—¡Chicos! —interviene Leopold—. ¿No quieren saber qué sigue?
—¡Sí! —gritan todos a coro.
—Bien. Entonces guarden silencio y escuchen el resto de la historia…*

            Nota para los pequeños lectores: en Las Historias de cada quien se vale cambiar el nombre de los personajes y poner el suyo y el de sus amigos. Porque, ¿quién nunca ha soñado tener una aventura como las que, por fortuna, tienen los personajes de los libros? Yo sí, y seguro ustedes también.

México, D. F., 27 de enero de 2016.
*Tomado de El pingüino rojo




jueves, 15 de octubre de 2015

Un as bajo la manga


La noche que salen los monstruos que viven bajo su cama, el niño del pijama blanco se escapa atravesando las paredes de la habitación.

lunes, 31 de agosto de 2015

El carrusel



Caballos incansables, galopan. Atrás quedan generaciones de niños que se vuelven adultos y un día regresan con sus hijos de la mano. La manada los recibe con un brioso relincho que estremece sus corazones.

jueves, 2 de julio de 2015

Brincar la cuerda



Para la Pequeña Ixchel, por sus cinco añotes.

Antes de ayer yo era un abuelo normal, con canas y algo encorvado; también un poco gruñón, para no desentonar. Pero de la nada me salió esta enorme cola que ya no sé dónde ocultar.
            —Abuelo, ¿jugamos otro ratito?
            —¡Ándale, di que sí!
            Al menos mis nietos le encontraron un buen uso.

miércoles, 29 de abril de 2015

El mago de los cuentos (4)




El mago de los cuentos sacaba libros de su chistera, de los libro salían cuentos de un mago que sacaba libros de su chistera, de los que salían cuentos de un mago que… hasta que los niños se quedaban profundamente dormidos. Y entonces ya nadie aplaudía.

sábado, 11 de abril de 2015

Pesca


El gigante alcanzó una estrella y la entregó a su hijo. Satisfecha su curiosidad, el chiquillo la devolvió al firmamento.

El pingüino rojo en el mundo